martes, 5 de marzo de 2013

En qué consiste la prosperidad y el ser bendecido.



  

La prosperidad siempre está, aunque no la veas. Tal vez esta no sea como vos la imaginaste. Pero aún así, la bendición sigue estando porque Dios sigue estando, y Él no ha cambiado. A lo mejor hasta te sientas defraudado con Dios porque no te dio ese auto que tanto querías, o no te funcionó ese negocio en el cual tenías puesta tu esperanza de progresar. Pero dejame decirte que el ser bendecido no se refleja en el hecho de tener mucho dinero ni posesiones materiales. Mucha gente hay que tiene estas cosas, y en mucha cantidad a veces, y sin embargo viven perdidos, miserables, y en maldición. Porque el ser verdaderamente bendecido no reside en las cosas materiales, sino en estar en el centro de la voluntad de Dios (Juan 4:34). Por algo el Señor dice en su Palabra, que su bendición es la que enriquece y no añade tristeza con ella (Prov. 10:22). Por algo nos dice también, que su reino no es comida ni bebida. Porque la verdadera riqueza, la verdadera bendición, es la eterna, la que jamás se corrompe. Porque es la que “acumulamos” en el cielo, donde nada ni nadie la puede robar, y nunca perece (Mateo 6:19-20). Esa es la bendición que viene del Señor.

   Por eso mismo también nos dice Dios que no nos afanemos ni preocupemos por las cosas materiales, ya que Él nos provee de acuerdo a nuestra necesidad. Porque Dios conoce todo lo que nos hace falta, y nos suple, es que debemos desarrollar nuestra confianza en su provisión (Mt. 6:25-34). Dios nunca nos abandona ni nos deja desnudos. Sin embargo, el deseo de Dios es que no nos enfoquemos en las cosas materiales, que perecen, sino en las eternas, que son las que perduran (Col.3:2). Porque debemos tener presente que Dios es nuestro proveedor, y que si confiamos en Él nada nos va a faltar nunca (Salmo 23:1, Filipenses 4:19). Tal vez todo esto rompa bastante con tu idea de prosperidad, bendición y riqueza que te habías hecho. Pero esto no quiere decir tampoco que Dios te quiere pobre, miserable o pasando necesidad; sino más bien todo lo contrario. Es que Dios es un Dios bueno, misericordioso y no se contradice ni cambia. Si Él cuida de las aves, cuidará también de ti. Creelo, no lo dudes. El Señor lo dice en su Palabra en Mateo 6:26-30. Por eso, si el Señor se convierte en tu confianza, y en tu proveedor, verás que Él nunca te defraudará. Es más, tu provisión está garantizada porque la verdadera prosperidad no consiste en la abundancia de bienes materiales, o prestigio, o dinero, y ni aún en muchos títulos; sino en que nunca nada te faltará. Porque Él siempre estará con vos, y nunca te dejará si lo buscás con todo tu corazón.

La música de Dios.


Salmo 150:6.  Todo lo que respira alabe al Señor.

   Cuando hablamos de este tema, las cosas suelen complicarse un poco. El por qué sucede esto es simple: muchos suelen arrogarse el tener una respuesta para algo que ni la Biblia ha respondido categóricamente. La gente suele poner etiquetas a los géneros musicales aduciendo que cierto tipo de música es de Dios, según su propio entendimiento, y juzgando por ciertas características específicas. Por el contrario, utilizando el mismo razonamiento, llegan a la conclusión que ciertos tipos de música son absolutamente del diablo, satánicas, y que las mismas, no se pueden utilizar para alabar a Dios. Pero el punto principal acá es en qué nos basamos para emitir semejantes juicios. Generalmente, sucede que nos basamos en nuestros propios gustos personales, o nuestra propia manera de ver las cosas, la cual es subjetivo. Y es a esto que luego le llamamos “el juzgar justamente”. Pero el juicio justo deber ser como dice la Palabra, y no de otra manera (MT. 7:24). Es decir, basado en lo que la Biblia dice al respecto, y no en lo que nosotros queremos hacerle decir a la misma. Sin embargo, lo que más llama la atención de todo esto, es ver como se catalogan géneros o estilos  musicales como la “música de Dios”, o la “música del diablo”, cuando ni la Biblia misma hace ese tipo de distinción. Entonces, en lugar de crear o descubrir cosas nuevas, en lo que hace a la música, nos ponemos a criticar al que trata de hacer algo. Ahora, sabemos que es cierto que muchas de estas personas no sólo no se dedican a la música, sino que además tampoco conocen nada ni de música, ni de nada que tenga que ver directamente con ella. Entonces, si yo de algún tema determinado no conozco, o no sé mucho, ¿con qué autoridad me atrevo a abrir la boca para opinar? El hecho de que alguien crea saber mucho de la Biblia no significa, necesariamente, de que pueda hablar u opinar de cualquier tema como si fuera un erudito en el mismo. Sin embargo, algunos me pueden objetar que tal o cual música despierta la carnalidad, exalta la sensualidad, o bien, es desagradable; o asimismo, que tal músico o cantante, no vive de acuerdo a lo que “predica” con su música. Pero acá caemos en el error de juzgar injustamente. En primer lugar,  porque el estilo o tipo de música nada tiene que ver con la vida espiritual de dicho músico o cantante. Porque si alguien lleva una vida desordenada, por ejemplo,  esto va más allá de la actividad  o ministerio que esta persona realice. Para ser más clara, el problema en verdad es otro: el CORAZÓN DEL HOMBRE, su naturaleza corrupta y caída desde el Edén. Y aquí sí hay bastante sustento bíblico para estas afirmaciones, como Jeremías 17:9-10, Romanos 3:23, Mateo 15:18-20, etc.; y en Proverbios 4:23 dice que debemos guardarlo (al corazón) más que a cualquier otra cosa. Por eso mismo, si Dios lo dice por algo es. Porque vemos que el problema no está ni en la música en si misma, ni tampoco en el tipo de música que toquemos o escuchemos; ni aún es el problema si tocamos música en la iglesia, o en el boliche; ni siquiera tampoco es un obstáculo, o problema, el hecho de si decidiéramos grabar en una disquera secular. ¡No! Definitivamente, ese no es el punto ni el problema. ¡No! Y mil veces, ¡no! Como ya se ha dicho, y lo vuelvo a repetir, el problema es el hombre, el ser humano, y lo que hay en su corazón. Porque el hecho de que este viva en la carne o ande en el espíritu, (Gálatas 5:16-17, 25), influirá en sus actitudes de su diario vivir. El hecho de que alguien ponga la mira en las cosas de Dios (Col. 3:2), o no, será lo que determine cualquier decisión de su vida. Será eso, y no otra cosa. (Continuará)
SILVIA’13


martes, 19 de febrero de 2013

Un reino diferente.



Definitivamente, el Reino de Dios es un reino diferente a todos. Es importante, primeramente, entender esto. Sin embargo, la gente en general cuando piensa en el concepto de reino, tiene la imagen terrenal acerca del mismo. Es decir, la de un rey terrenal que domina o tiene poder absoluto sobre un determinado territorio. Esto es así, en el sentido de la monarquía pura; no tanto en la que subsiste hoy día con otros sistemas de gobierno. Pero volviendo al tema, el Reino de Dios, por esa misma razón no se puede comparar a ninguno que exista en este mundo. Primero y principal, porque precisamente el Reino de los Cielos No es de este mundo (Jn.18:36). Por eso cuando la gente de su tiempo le insistía a Jesús acerca de establecer Su reino en Israel, y así librarlos de la opresión romana, Él les decía una y otra vez que Él no había venido para eso, porque justamente Su reino no era de este mundo. Porque ellos anhelaban ser libres del dominio romano y esperaban, o creían, que Jesús los libraría del yugo romano. Pero el Señor no sólo trató de hacerles entender esto sino que además,  quería que ellos entendiesen que en Su reino, el que quisiera sobresalir por sobre los demás, o creerse más importante sería justamente el que tendría que servir a los demás, y el que buscase ser primero sería el último. Y más aún, Jesús mismo se puso como ejemplo al decirles a los discípulos, que Él no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos (MT. 20:25).

   Con todo esto Cristo Jesús les quiso hacer entender a ellos, y a nosotros, que  Su reino no es terrenal y que Él mismo lo trajo a nosotros. Por esto mismo, nosotros no necesitamos establecerlo ni nada que se le parezca, porque Él ya lo dejó establecido cuando vino a la tierra (Mt. 12:28, 4:17, 10:7). Sin embargo, en la misma Palabra se nos dice que sí reinaremos con Cristo en forma literal, pero No en este tiempo presente sino en el futuro. Más precisamente en el milenio, al final de la Gran Tribulación cuando Cristo regrese en gloria (Ap.20:4, 5:10; Lc. 17:20-30).

   Mientras tanto, ya hemos dicho que el Reino de Dios no es de este mundo. Eso significa que en este reino no debemos buscar las cosas temporales, las que perecen, sino lo eterno (Ro. 14:17). Asimismo, tampoco debemos buscar el sobresalir por sobre las demás personas, ni el tener lugares de poder (MT. 20: 21-28).
   Además es muy importante que sepamos, que la visa para poder entrar al Reino de Dios, es la de ser nacido de nuevo (JN. 3:3-5). No hay otra manera posible. Y cuando decimos que Su reino no es de este mundo también  significa que el mismo no se rige por el sistema o preceptos del mundo, sino por el de Dios. Este sistema consiste justamente en someternos a Su voluntad y soberanía en nuestras vidas (Mt. 7:21).

   En conclusión, lo primero que dijimos es que Su reino no es de mundo. Esto es, que no es terrenal ni político, ni regido por los preceptos o métodos del mundo. Asimismo, este reino tampoco tiene un territorio o lugar físico. Por esta razón cuando Jesús vino a la tierra,  no vino para implantarlo como esperaban los israelitas en aquel entonces. Sin embargo, como ya también dijimos,  eso sí sucederá en el futuro al final de los tiempos. En aquel entonces, sí habrá un reino en sentido literal y visible, y ahí sí reinaremos con Él en la tierra, no antes. Por lo tanto, en ningún lado de la Biblia Dios nos manda a establecer ningún reino. Eso es un error. Tampoco habla la Escritura de que tengamos que convertir a todo el mundo; si, en cambio, se nos manda a predicar el evangelio a toda criatura (Mt. 24:14, 28:19, Mr. 16: 15-16). Del mismo modo Jesús nos dice que no debemos buscar el poder terrenal, ni el sobresalir por sobre los demás, porque eso son deseos del mundo, y terrenales. En cambio, sí debemos buscar las cosas que tienen valor eterno, las que nunca perecen ni se corrompen. Porque el Reino de Dios no es como suelen ser los de la tierra, que los gobernantes se enseñorean y oprimen a los demás. Contrariamente a esto, en el Reino de Dios el que quiera ser primero, será el último y el que sirva a todos (Mt. 20:25-28). Porque el sistema de Dios es muy diferente al del hombre, en Su sistema no buscamos ser grandes sino el someternos a Su voluntad con humildad. Otra cosa también muy importante es que para formar parte de Su reino, es necesario nacer de nuevo, tal como Jesús le dijo a Nicodemo.

   Por todas estas razones –y muchas más que no enumeré- es que el Reino de Dios no se parece a ninguno de esta tierra, y es diferente a todo lo conocido hasta ahora. Asimismo, Cristo lo estableció cuando vino a la tierra, y Él mismo lo consumará en forma visible cuando regrese en gloria, al final de la Gran Tribulación y antes del milenio. Esto es lo que dice la Palabra. Cualquier otra cosa es un terrible error, y una herejía (Ap. 22:18-19).

SILVIA’13

domingo, 13 de enero de 2013

Las excusas del perezoso “espiritual”.



 

    El perezoso “espiritual” se distingue del perezoso común, o promedio porque, por ahí para cualquier otra cosa es super laborioso. Pero, cuando se trata de agarrar un buen libro (sobre todo si tiene muchas páginas), para estudiar, o encarar un estudio serio de la Palabra le aflora la fiaca y con ella, las excusas (eso si, espiritualizadas) para huirle a los libros. Proverbios 6:6-11. Veamos.

   1ª parte.

1)      En la Biblia dice que el mucho estudio fatiga el cuerpo, lo cansa y lo agota. (Ec. 12:12b).
2)      El buscar mucha sabiduría no es bueno porque trae sufrimiento; y el que añade ciencia, añade dolor. (Ec. 1:17-18).
3)      Tampoco conviene estudiar demasiado porque la letra mata; y el que da vida es el Espíritu. (2Co. 3:6b).
4)      Si tenemos la unción, conocemos todas las cosas, y no necesitamos que nadie nos enseñe nada. (1Jn. 2:20,27).
5)      No vale la pena pasársela estudiando, o ir a los mejores seminarios, o tener un montón de títulos, si no se vive lo que se predica (O estudia).



   2ª parte.

     Como vemos, todos estos argumentos suenan muy prolijitos y hasta muy “espirituales”,  Pero no son más que meras excusas para justificar la pereza y la vagancia “espiritual”. Los analizaré de a uno. Aquí van:

1)      Cuando dice que el mucho estudio fatiga el cuerpo, el escritor de Eclesiastés  está queriendo decir, que al hombre no le sirve estudiar, escribir muchos libros,  afanarse trabajando, etc.  Si no puede desarrollar la capacidad de disfrutar de todas las cosas buenas que Dios le ha dado (Ec. 3:12-13). En esto también es muy importante tener las prioridades bien colocadas. De lo contrario, sino también fallamos. Para entender claramente lo que el autor quiere expresar aquí, será muy provechoso leer todo el libro de Eclesiastés. De todos modos, sólo tiene 12 capítulos.

2)      Con respecto a que la mucha sabiduría trae sufrimiento, y la ciencia, dolor; el autor aquí está queriendo explicar que aunque una persona tenga una gran sabiduría o ciencia, de todos modos hay misterios que siguen siendo insondables. Por tanto,  así sea para el sabio  como para el necio, siempre habrá preguntas sin respuestas. (Ec. 8:16-17, 12:9, Prov. 1:7, 9:10).

3)      En realidad, lo que mata no es la letra sino la ignorancia. Pero, si además le agregamos a eso una interpretación errónea  de la Escritura, y sacamos los textos de su contexto, lo errado florece.

4)      Otro ejemplo más de un texto sacado de contexto. Porque aquí el pasaje bíblico -1Jn. 2:20,27- está hablando de permanecer en Él, y no dejarse engañar por falsas enseñanzas de falsos maestros. Es muy importante en este caso, y siempre, leer todos los textos bíblicos dentro de su contexto, para poder comprenderlos mejor.

5)      Esta es la excusa fácil que pone el perezoso para evitarse el “engorroso” trabajo de estudiar. El leer, el estudiar y el meditar en la Palabra es algo que nunca debe dejarse de lado.(Josué 1:8). Bajo ninguna circunstancia. El alegar que alguien que se la pasa estudiando, o tenga muchos títulos, o lo que fuera, no vive de acuerdo a eso...¡No es excusa! Primero, porque Dios no nos puso para que nos pasemos señalando los errores ajenos. También en esto hay un dejo de soberbia, ya que la persona que piensa así de alguna manera se cree mejor que los demás. En este caso, por ejemplo, se cree más espiritual por el hecho de no ser tan estudioso, y piensa que el que estudió un poco más, el mucho estudio lo volvió soberbio. Aunque esto a veces pueda ser verdad, no nos olvidemos que la soberbia es inherente al ser humano más allá de su nivel de estudios, o académico, o posición social. Segundo, nosotros debemos velar por nosotros mismos. En la Escritura dice que debemos guardar nuestro corazón por sobre cualquier otra cosa (Prov. 4:23). Otras referencias bíblicas: Salmo 119: 97, 105.


     Entonces, esto significa que debemos ser disciplinados y diligentes en estudiar y escudriñar la Palabra. Debemos buscar buenos recursos y buenos libros  que nos ayuden en nuestra tarea, escuchar buenas enseñanzas, etc.  Todo esto por supuesto, acompañado de oración, comunión diaria con nuestro Padre Celestial, y una buena dosis de discernimiento espiritual; y buscar cada día la guía y la sabiduría que sólo puede venir de lo alto (Santg. 3:17-18). Porque el ser estudioso de la Palabra, y el procurar todo el tiempo sentarse a los pies de buenos maestros, no invalida que uno también busque crecer espiritualmente, las cosas del Espíritu, y el vivir diariamente lo que se estudia o predica, que es lo más importante. En definitiva, esto implicaría que lo uno aprendió no fue de balde ni algo estéril, sino que dio sus frutos. Es decir, que una cosa no tiene porqué quitar a la otra.
 SILVIA ‘13


  

Procura avanzar.




   En este nuevo año que está comenzando procura tener un avance en tu vida. Pero un  avance en serio, y de verdad. Con esto quiero decir que no debemos descuidarnos con nuestra vida espiritual, y que lo que busquemos para alimentar nuestro espíritu deberá ser comida de buena calidad. Porque muchas veces nos querrán alimentar  con comida chatarra o basura. Y es ahí cuando dejamos que cualquiera nos quiera “vender” cualquier cosa. En lo natural, cuando buscamos comida para nuestro cuerpo, siempre procuramos que sea de buena calidad, que sea nutritiva, nos fijamos la fecha de vencimiento de los distintos productos; es decir, tomamos ciertos recaudos a la hora de decidir lo que entrará por nuestra boca. De la misma manera tenemos que hacer con el alimento espiritual. En este tiempo de tanta herejía dando vueltas, más que nunca tenemos que cuidar sobremanera el alimento espiritual que consumiremos. Por ejemplo, como dice en la Palabra debemos de cuidar que la leche espiritual que hemos de tomar,  no esté adulterada (1Pe. 2:2), y también es nuestra tarea el buscar buenos pastos (Salmo 23:2).
  
   Todo esto significa que el alimento espiritual que “comamos”  debe ser la palabra pura y sana, libre de toda contaminación y herejía (2Tim. 1:13-14, 2Pe. 19-21). Es que de todo esto depende nuestra salud espiritual, y no podemos darnos el lujo de descuidarnos. No pongas en riesgo tu vida espiritual, comiendo o bebiendo de cualquier fuente. Tú vales mucho para Dios, y Él quiere darte de lo mejor que tiene a ti (Ef.3:20).  Por eso en este nuevo año que está comenzando,  aprovecha para avanzar en esta área, ya que al procurar esto, todo lo demás te vendrá por añadidura (Mt.6:33). No desperdicies tu oportunidad de tener un gran crecimiento espiritual en tu vida. No te permitas el estancarte, ni que ninguna circunstancia de este mundo te robe la paz que Dios te dio. Por último, déjame recordarte que debes probar cada palabra que escuches (1Jn. 4:1-2). Avanza en todo esto, y no retrocedas. Ni siquiera para tomar impulso.
   Que tengas un año muy bendecido.
 
   SILVIA’13

lunes, 19 de noviembre de 2012

En la casa del Padre.



Al estar en la casa del Padre gozamos de muchos beneficios. Porque bajo sus alas siempre estaremos seguros y confiados. Estando bajo su abrigo nada nos faltará, porque Él es nuestro sustentador. Por lo tanto, la provisión está garantizada si nos ponemos en sus manos (Salmo 23:1). Por eso es tan importante que recordemos los beneficios de estar bajo la cobertura de nuestro Padre Celestial. Algunos de ellos son, como ya dijimos, tener seguridad y confianza bajo el abrigo de sus alas (Salmo 91:1-4). También el estar en la casa del Padre nos garantiza  el tener buen alimento y descanso. Esto quiere decir, sobre todo,  que disponemos de la mejor calidad de comida espiritual (Salmo 23:2). Porque como hijos de nuestro Padre Dios, debemos tener sumo cuidado con qué nos alimentamos, ya que hay mucha comida espiritual adulterada o de mala calidad, dando vueltas. La otra cosa es, que al sentirnos seguros, nuestra alma puede reposar tranquila porque sabe que está en el mejor lugar: junto a su Hacedor y Dueño del universo.

   Podemos ver en Lucas 15: 11-17 cómo Jesús da el ejemplo de alguien que  eligió salirse de la cobertura y protección, que le daba el estar en la casa de su Padre. Esto fue justamente lo que le sucedió al hijo pródigo, que quiso vivir una vida independiente de su padre, y se fue lejos. Pero las consecuencias que ello le trajo fueron de ruina y destrucción. Al verse tan solo y arruinado, recordó angustiado toda la abundancia de la que gozaba en la casa de su padre, y al ver su error, se arrepintió profundamente. Y así un día decidió regresar al lugar de donde nunca debió haberse ido.  Por eso que a través de esta historia, es que Jesús nos quiere enseñar que, del mismo modo nosotros no nos debemos salir de su casa, o cobertura espiritual. Porque al alejarnos de su amparo y abrigo, nuestra vida se vuelve errática y triste. Entonces, también nos alejamos de su voluntad  y perdemos los beneficios que el estar bajo su cobertura nos da. Tal cual le sucedió al hijo pródigo. Por eso es tan importante que nunca perdamos de vista todo lo bueno que tenemos de parte de Dios, si permanecemos en sujeción a Él. Para ser más claros, esto significa que nuestra confianza y abrigo siempre deberán estar en el Señor. Porque si perdemos de vista este principio, no habrá cobertura humana que lo pueda reemplazar, por más bonita y respetable que se vea por fuera. Con esto no quiero decir que no debamos congregarnos ni nada que se le parezca, entiéndase bien, ya que el congregarnos es parte de seguir los preceptos bíblicos. En la Biblia se nos insta a ser ordenados, ya que a Dios le agrada  el que seamos ordenados. Sabemos que el tener compañerismo con nuestros propios hermanos en la fe, el recibir buena enseñanza, etc., es muy importante para todo nacido de nuevo, ya que en Cristo somos un cuerpo y Él es nuestra Cabeza (Ef. 5:23). Del mismo modo, tampoco ignoramos que un cuerpo no puede tener dos cabezas. Por lo tanto, debemos recordar que la cabeza del Cuerpo de Cristo, es Cristo mismo. Todos nosotros, entonces, somos  sólo mayordomos, lo cual incluye a los que lideran o pastorean la congregación. Por eso, si nosotros estamos seguros que Él es nuestra cobertura, no andaremos buscando reemplazos humanos por ahí.

   Porque al tener claro todo esto que vimos anteriormente,  sabremos con certeza que estamos parados en el lugar correcto. Es decir, que sabiendo que estamos en el lugar más seguro: la casa de Nuestro Padre. Él mismo, que nos dio a Jesucristo para que pudiéramos acceder a su presencia; Él mismo, que nos dio su Espíritu Santo (Jn. 14:15-17a), el cual nos prometió que estaría siempre con nosotros, y que no nos dejaría huérfanos. Por eso, en Dios, siempre tendremos la mejor cobertura y respaldo, consuelo y fortaleza (Salmo23:1-3). Porque con Él nuestro destino será el mejor, ya que estaremos seguros y confiados, en todo tiempo.
  

sábado, 10 de noviembre de 2012

El verdadero amor.



1 Corintios 13:4-5.

   Tal como vemos en este pasaje de la Escritura, podemos apreciar en qué consiste el verdadero amor. Que es de Dios y que viene directamente del cielo. Porque tal como dice en 1 Juan 4:8 el amor es la evidencia de que realmente conocemos a Dios, de que en verdad hemos nacido de nuevo.

   En el versículo 4 del mismo 1 Co. 13 dice: “El amor es sufrido, es benigno”. Esto es que, el que tiene amor es bondadoso, ya que al ser este evidencia de que somos hijos de Dios, tendremos además la capacidad de sufrir con el que sufre, y llorar con que el que llora. El tener un carácter compasivo y misericordioso  es otra característica de un genuino hijo de Dios.

   En la segunda parte del mismo versículo 4, vemos también que el que tiene verdadero amor no es envidioso, ya que quien diga conocer a Dios no puede albergar esta clase de sentimiento, tan carnal y tan contrario a la naturaleza divina.

   El verdadero amor tampoco es jactancioso, ni se envanece (V.4c), porque el que se jacta no es aprobado por Dios (2Co. 10:18). Nuestra gloria debe estar siempre en el Señor (2Co. 10:17).

   Por eso, el que verdaderamente tiene amor “No hace nada indebido, no busca lo suyo” (V. 5a). Esto significa que nunca buscará dañar o herir a nadie intencionalmente. Del mismo modo tampoco se complacerá en lastimar, menospreciar o descalificar a nadie bajo ninguna excusa. Por el contrario, será alguien compasivo, humilde y perdonador. No será alguien que se irrite fácilmente, ni de carácter explosivo sino que tendrá un carácter manso y paciente.

   El que realmente alegue conocer o amar a Dios, no tendrá actitudes egoístas ni fuera de lugar. Es decir, que no manifestará actitudes irascibles ni será rencoroso; o que viva recordándoles el pasado a las personas siempre que se le presente la oportunidad, y así, se crea juez de su prójimo creyéndose con derecho a condenarlo.

   Porque alguien que conoce realmente a Dios, va a manifestar el carácter de Dios y no otra cosa. Por eso, al manifestar amor manifestamos el carácter de Él, y sabremos entonces que le conocemos. Y el verdadero amor que viene del Padre consiste justamente, en que las características del amor de las que se habla aquí, 1 Corintios 13: 4:5, se hagan realidad cada día más en nuestras vidas. Debemos velar siempre en eso y no descuidarnos nunca, para ser de bendición y no de tropiezo.